(2da parte y final) LORENA Y EL CÁNCER

(Alfonso LOBITO Amaya)

angelLos niños tienen la magnífica actitud mental de que no intelectualizan ni hacen dialéctica con lo que uno les dice o les enseña, simplemente lo toman y lo hacen. El niño simplemente observa cómo se hacen las cosas para luego emularlas. Lo contrario sucede con el adulto, cuando se le expone un método de sanación pide un millón de explicaciones científicas, filosóficas y de todo tipo. La mente del adulto, como consecuencia de ver tanta ciencia ficción, televisión fantástica, avances científicos y tecnología de punta, esa mente se ha vuelto mágica, científica y tecnológica y esto ha acrecentado a la incredulidad.

Lorena me había contado que debido a su enfermedad, su padre, quien la amaba a morir, había vendido unas propiedades y el carro para llevarla a los estados Unidos a un tratamiento muy costoso, pero que había regresado al país sin mayores esperanzas. La chiquilla, que era bastante inteligente, se dio cuenta que la enfermedad estaba acabando con la estabilidad económica de todos.

A fin de ese mes, Lorena me llamó por teléfono para darme una noticia increíble. Luego de casi un mes de intensa visualización de la imagen del Divino Niño, había hecho de esta práctica una disciplina intensiva. Igual que cuando una persona está profundamente enamorada y todo el día tiene en la mente la imagen del ser amado, Lorena, todo el tiempo que podía miraba la imagen del Señor en la estampa, cerraba los ojos y la visualizaba por minutos, al tiempo que le pedía, con profundo sentimiento, ¡que la sanara!

Me contaba que antes de acostarse a dormir, miraba la imagen por cerca de media hora, luego cerraba los ojos y se dormía con la imagen en su mente y la foto abrazada a su pecho. ¡Muchas veces se soñó jugando con el Niño Divino!

–Lobito, ven a mi casa que te quiero mostrar algo –me dijo emocionada la bella chiquilla. Estaba tan intrigado por el entusiasmo con que me lo había dicho, que tomé un taxi y fui hasta su casa. Sus padres estaban contentos por la alegría que la niña exhalaba a todo momento. Cuando estuvimos solos en su habitación, me abrazó amorosamente y me dijo al oído, como si fuera un secreto, las palabras: “ya no me duele”. Sin comprender lo que quería decir, sacó de debajo de la cama una pequeña caja de lápices de colores y la abrió. Con los lápices había un montón de pastillas de varios colores. Fue cuando con ojos radiantes exclamó:

–“Lobito, ya no me volvió a doler la enfermedad, antes me dolían mucho los huesos y ahora ya no me duele nada”    esto me lo dijo con el entusiasmo cuando uno se saca la máxima nota en un examen de matemáticas—y agregó: “Mira, Lobito, no volví a tomar esas horribles pastillas que saben a remedio, pero como mi mamá piensa que estoy mejorando por las pastillas, por eso las escondí porque yo sé que no me va a creer y me las hace comer”

Después de la explicación se silenció por un minuto; al momento deslizó la silla de ruedas hasta la mesita de noche y tomó otra caja de donde sacó un bello vestido blanco. Me dijo que la siguiente semana iba a hacer la primera comunión en la capilla del colegio con los demás niños y que quería que yo fuera su padrino. Acepté dándola un abrazo de oso. Fue cuando se puso seria y me dijo que quería contarme un secreto, pero que no le podía decir a nadie. Le di mi palabra de guardar total silencio. Y mostrándome la foto del Divino Niño, me contó que había tenido una ¡experiencia maravillosa con el Divino Niño!: ¡Se le había aparecido sentado en la ventana!..!La divina imagen se había materializado frente a sus ojos!…

Cuando la pequeña me contó eso yo ahí mismo le creí, no hubo un solo gramo de dudas. Entonces le pregunté que si le había hablado. Me respondió que sí, y que ese era el secreto que quería contarme. Entonces dijo:

–“El divino Niño, dijo que después de hacer la primera comunión vendría por mí para llevarme al cielo, y que eso era cuando estuviera dormida, pero que si no quería ir con él que entonces no hiciera la primera comunión”.

Sorprendido por lo que la angelical chiquilla me había contado le pregunté cuál era su decisión y la respuesta fue inmediata, firme, tajante, alegre: ¡Haré la primera comunión!

Al día siguiente por la noche, después de hacer la primera comunión, Lorena tuvo una recaída y la llevaron a la clínica. Estando con su mamá en la habitación pidió un vaso con agua y se lo tomó y luego se durmió. Lorena no volvió a despertar.

!Desde entonces, la pequeña Lorena, es mi ángel de la guarda!