El TARRITO DE LAS CREENCIAS

CONDICIONAMIENTOLOBITO: Una pulga es el ser vivo que más brinca, puede saltar hasta trescientas cincuenta veces la longitud de su cuerpo. Además, puede saltar centenares de veces por día. ¿Saben ustedes cómo se condiciona una pulga? Se mete la pulga en un tarrito de diez centímetros de altura. La tapa superior del tarrito es de vidrio para que ella vea por donde puede escapar. La pulga brinca y… ¡zas!, se pega en la cabeza… ¡ayayay!… Brinca de nuevo y otra vez… y… ¡ayayay! Durante todo el día trata de salir del tarrito, pero cada vez que lo intenta se pega contra el vidrio. En un solo día se da en la cabeza centenares de veces. La pulga permanece diez días en el tarrito, de modo que en todo ese tiempo miles de veces se estrella contra el vidrio. A los diez días se saca la pulga del tarrito y para sorpresa de todos… ¡sólo brinca la altura del tarrito!… ¡sólo salta diez centímetros! La pregunta aquí es: ¿perdió la pulga la capacidad de saltar trescientas cincuenta veces su tamaño?

ESTUDIANTES: No, por supuesto que no. Es como si uno por estrellarse en la carretera perdiera la capacidad de conducir autos.

LOBITO. ¡Correcto!. Entonces, ¿qué le sucedió a la pulga?

ESTUDIANTES: Quedó condicionada. Algo así como el perro de Pávlov, quien observó que a los perros que tenía en su laboratorio, les bastaba oír los pasos de la persona que les traía la comida para comenzar a salivar y a segregar jugos gástricos; parecía que los perros habían aprendido a anticipar la comida. De alguna manera, la pulga sabe que si brinca más allá de la altura del tarrito se da en la cabeza y le duele.

LOBITO: De acuerdo. es condicionamiento. La pulga quedó condicionada a brincar sólo la altura del tarrito. Eso mismo les pasa a las personas condicionadas por sus creencias. ¡No pueden ir más allá de sus creencias! Piensan que si van contra sus creencias pecan, o se van para el infierno, o se echan karma y cosas por el estilo. Cuando una persona está llena de creencias no puede ir más allá de ellas; es decir, está metida en el tarrito de las creencias, lo cual sólo le permite saltar esa altura: la altura de sus creencias. Alguien, por ejemplo, cree que pasar por debajo de una escalera le puede traer mala suerte. Esta persona camina por una calle solitaria y encuentra de pronto una escalera sobre el andén en ángulo con la pared. Al llegar donde está la escalera hace un semicírculo para evitar pasar por debajo de ella. El condicionamiento de “la mala suerte” le impide pasar tranquilamente por debajo de la escalera, así nadie lo esté viendo. Alguien más tiene la creencia de que si entra una mosca o una mariposa negra a su casa es portadora de funestas noticias, entonces se apresura a abrir ventanas para que el insecto se vaya. Un futbolista piensa que si se santigua, haciendo la señal de la cruz antes de comenzar el partido, le va bien. Todos los jugadores de ambos equipos se santiguan al ingresar al campo de fútbol. La pregunta aquí es: ¿al equipo perdedor no le funcionó la santiguada, en cambio al equipo ganador sí? De acuerdo con la religión donde cada cual se mete (el tarrito de las creencias religiosas) va actuar en la vida en concordancia con estas creencias y no podrá ir más allá de ellas, porque piensa que va a ser castigado o que le va a ir mal. El tarrito de las creencias impide que cada cual pueda saltar más arriba de ellas, y ese es la caja mortuoria donde vivirá metido toda su vida.

ESTUDIANTE: Tiene usted razón, Lobito. Tengo amigos que creen en cualquiera cantidad de vainas y tienen amuletos para toda ocasión.

LOBITO: Si eres cristiano tus creencias no te permiten escupir un crucifijo. Aun si estás solo en el baño de tu casa no te atreverías a hacerlo, y si lo hicieres te sentirías mal, culpable, pecador y la conciencia te molestaría, pero si le damos el crucifijo a un niño pequeño, aun no condicionado por las creencias religiosas, no tiene ningún reparo en jugar con él como si fuera un juguete y orinarse sobre él en dado caso. El niño no se sentiría culpable de nada porque todavía no lo han metido en el tarrito de las creencias. Así sucede con las demás creencias religiosas. Un hindú ve las vacas como sagradas, le hace rituales de adoración y no las mata, pero un occidental católico no tiene ningún problema en matar la vaca y hacer deliciosas hamburguesas con la carne. Si el hindú, por accidente, mata una vaca se sentiría culpable y haría rituales de purificación para expiar el pecado cometido. El católico que tiene la venta de carnes vive de esa actividad comercial, sostiene la familia y educa a los hijos con las ganancias de matar vacas y vender sus carnes. Le quiero hacer esta pregunta: Si a Jesucristo lo hubieran ahorcado, ¿cómo se santiguarían los cristianos? ¿Haciendo la señal de la horca sobre sus pechos? Entonces adorarían una horca y celebrarían la Semana Santa como la Semana Mayor de la Santa Horca, y le rezarían y prenderían veladoras a una horca, y se venderían horcas de oro y de plata y los futbolistas, para que les fuera bien en el partido, harían la señal de la horca.

ESTUDIANTES: Lobito, pero hablando familiarmente lo que entiendo es que las creencias nos tienen en la olla.

LOBITO: En la olla no, en el tarrito de las creencias. Par un niño hindú o budista no existe papá Noel ni el Niño Dios. Pare él hindú existe el águila mítica Garuda, rey de los pájaros, quien lleva las almas al cielo. Las creencias de un indígena difieren muchísimo de las de un hombre de ciudad, y las de un esquimal de las de un caribeo.

ESTUDIANTE: ¿Cómo hacer para des-condicionarnos? ¿Qué hacer para salir del tarrito de las creencias y vivir sin tantos temores en esta vida?

LOBITO. Es muy buena pregunta. El tema lo trataremos en otra reunión, porque el tiempo de esta charla ha llegado a su fin.