Los valores a través de los cuentos

jesus-y-el-mundoCuento No 9. —CARTA A JESÚS. Érase un niño pobre que se alimentarse una vez al día. Su madre, mujer trabajadora y honrada, se había quedado sin trabajo. Ella ganaba dinero lavando ropa en el río, pero con el invento de las lavadoras automáticas, la gente ya no mandaba a lavar ropa. Así que decidió hablar con su pequeño hijo y le dijo: Mira, Carlitos, tú sabes muy bien cuanto te quiero. Desde que murió tu papá siempre he tratado de darte lo mejor. Pero los ahorros que nos dejó tu padre se acabaron. A mí por la edad que tengo, nadie me da empleo.

–Entonces, ¿qué vamos a hacer, mami? –dijo el pequeño con voz melancólica.

–Me toca retirarte del colegio, no tengo un centavo para libros, cuadernos, onces, transporte escolar, etc. En fin, no hay dinero ni para comprar comida.

Al escuchar la decisión de la mamá, el niño se puso a llorar suplicándole que no lo sacara de la escuela. El niño prometió que trabajaría en cualquier oficio.

–Mi amor, a mí me duele más que a ti esta determinación, pero no tengo otra salida.

El niño se encerró en su cuarto a llorar. Allí permaneció por cerca de una hora, hasta que salió de la habitación y fue a la cocina, en donde su madre cocinaba por quinta vez el mismo hueso.

–Mami: ¿Y no hay nadie en el mundo que nos pueda ayudar? –indagó el pequeño, aún con lágrimas en los ojos.

–Mi amor, hay mucha gente buena que quiere ayudar, pero no tienen cómo hacerlo. Están en la misma situación que nosotros.

–¿Pero no hay nadie, nadie, qué nos ayude con algo? –Esto último lo dijo el niño señalando una imagen de Jesús que estaba colgada en la pared.

–Bueno, mi amor, Jesús ayuda a todos sin esperar nada a cambio.

La madre sentó en sus piernas al niño y le contó, paso a paso, la vida y los milagros que Jesús había realizado. El chiquillo quedó impresionado por el relato. Besó a la mamá y fue a su habitación, arrancó una hoja de un cuaderno y se sentó a escribir una carta a Jesús. En el sobre escribió: “Señor Jesús, Belén, El Cielo.” Metió el sobre en su maletín escolar y corrió a la oficina de correo. Una vez allí, buscó el buzón para enviar el mensaje, pero como el cajón estaba en una parte alta, el niño no alcanzaba a depositar la carta. El chiquillo optó por colocar el morral escolar en el piso y se trepó sobre él tratando de darse altura, pero tampoco alcanzaba la caja. Salió a la calle, consiguió una vara, y con esa nueva ayuda intentó introducir la carta en el buzón. Estaba en esas peripecias cuando ingresó a la oficina de correos un señor  que vestía ropas finas, olía a perfume y traía zapatos lustrados. Parecía ser una persona muy importante. Tan pronto vio al niño que se esforzaba por meter el sobre en el buzón se ofreció para ayudarlo. El niño le entregó la carta al señor. Cuando éste la recibió, sonrió al ver que la misiva no tenía estampilla y que además iba dirigida a Jesús.

–¿Le escribes una carta a Jesús? –inquirió el extraño– ¿Me dejas leerla?

El niño dijo que sí. El hombre sacó unas gafas y se puso a leer el manuscrito. El niño le describía a Jesús la difícil situación de su casa, la pobreza en que vivían, la falta de trabajo para su mamá y lo doloroso que era para él dejar la escuela. La carta finalizaba diciendo: “Jesús: moriste por ayudar a los pobres y fuiste bueno con todos. Curaste a muchos enfermos porque tienes un corazón repleto de amor por todos… ¡Por favor, ayuda a mi mamá a conseguir un empleo para que no me saque del colegio! Te prometo, ser bueno y obediente y que nunca tendré vicios. Te quiero mucho, Jaime francisco.”   —El hombre metió de nuevo la carta dentro del sobre y, con disimulo, con el dorso de su mano limpió una solitaria lágrima que quería rodar por su mejilla.

–Mira, pequeño. Toma esta tarjeta y llévala a tu mamá. Dile que mañana la espero contigo en esa dirección.   

El chiquillo dio las gracias al misterioso personaje, giró sobre sus talones y salió como bala a su casa.

Al día siguiente, la madre y el niño ingresaron a las oficinas del amable señor.

–Apreciada señora, tiene usted un hijo maravilloso. –dijo el hombre, y acto seguido le devolvió la carta que el chico había escrito a Jesús. La mamá, que desconocía el hecho, leyó el escrito y quedó sorprendida.

–Anoche, a la hora de la cena, leí la carta a mis hijos –continuó diciendo el señor– y todos quedaron impresionados. Así que resolvimos que no sólo le vamos a pagar la escuela al niño sino que, además, le voy a dar trabajo a usted en mi fábrica de lavadoras automáticas. Yo soy quien las fabrico.

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¿Qué opinan del cuento?

Estudiante. Jesús si escucha un corazón puro y sincero, como el del niño.

Estudiante. Dios ayuda valiéndose de personas buenas. A veces la gente reza pretendiendo que Dios baje del cielo personalmente a ayudar.

Estudiante. Hay muchas personas que rezan, pero pareciera que Dios no las escuchara. ¿No es cierto?

Lobito. Eso no es así. Dios si escucha a todos, porque Dios está en en corazón de todos. Dios escucha hasta el pensamiento de los mudos. Lo que pasa es la gente ha hecho de Dios un recurso de emergencia,  sólo se acuerdan de él en las malas, algo así como el extintor que la gente sólo se acuerda de él el día del incendio.

Estudiante. Pienso que el ego humano es soberbio, pretende pedirle cosas a Dios y que Dios salga corriendo a satisfacerlas al instante

Lobito. Así es. Aquí uno debe preguntarse: ¿Quién te crees que eres tú para pedir un favor a Dios y que él automáticamente te lo conceda? ¿Haz hecho los suficientes méritos para que Dios te conceda todo lo que pides?…¿Haz hecho de Dios tu mejor amigo?

Estudiante. Entonces que hay que hacer o cómo proceder para que Dios lo escuche a uno.

Lobito. Mira, la mantequilla está en la leche, pero si tú soplas la leche la mantequilla no aparece como por arte de magia.  Para sacar la mantequilla de la leche hay que hacer un procedimiento como hervir la leche , batirla, etc.

Estudiante. !Claro! Para sacar a Dios del corazón hay que hacer cosas., ¿Cómo qué?

Lobito. Ama a todos, sirve a todos, ayuda siempre, jamás hagas daño.  Esto es lo que le agrada a Dios.

Estudiante. ¿Eso es todo?

Lobito. Cuando un deportista gana un trofeo, desde el podio, él dedica su triunfo a alguien. Bueno, todo lo que hagas…¡ dedícaselo a Dios ! Es decir, haz toda actividad humana por amor a Dios. Pórtate bien por amor a Dios, no hagas daño a otros por amor a Dios, perdona el daño que te hagan por amor a Dios, cumple con tus deberes por amor a Dios. etc.

Estudiante. ¿Tú hace eso , Lobito?

Lobito. Por supuesto. ¡La persona más importante en mi vida es Dios! He llevado una vida de rectitud por amor a Dios. La prédica sin práctica es hipocresía. No sigan el consejo de quien predica sino de quien practica lo que predica. El profesor te dice que no fumes, pero él lo hace, es de doble moral.

Estudiante. Los textos sagrados de las religiones dicen que uno debe sólo amar a Dios.

Lobito. Correcto. La Biblia dice que debemos amar a Dios por encima de todas las cosas de este mundo con todas las fuerzas de nuestra alma. Sólo que en la sociedad actual es al revés: la gente ama todas las cosas de este mundo tecnológico y de último se acuerdan de Dios. El Bhagavad-Gita de los hindúes dice: “Aquel que piensa en mi, y sólo en mí, sin pensar en nada más…¡yo asumo la responsabilidad de su bienestar en este y en el otro mundo”