A CABALLOCUENTO NO. 15. —JUSTO E INJUSTO. El hombre robusto, cada tanto halaba la brida para inducir al caballo a apurar el paso. El bruto, cada vez que veía hierba fresca, intentaba detenerse, pero el jinete se lo impedía. Era un camino destapado, polvoriento, de esos que llaman “camino de herradura”. Por allí transitaban los campesinos con las recuas de mulas cargadas de hortalizas. Detrás del hombre a caballo, a poca distancia, un jornalero traía sobre sus espaldas una cama de hierro y alambre que parecía un catre, de esas que se doblan por la mitad como si fuera una maleta. A la vista de todos, la escena era inusual: Adelante, sobre el brioso animal, el hombre fortachón, gordo y colorado. Detrás de él, el sudoroso labriego llevando el armatoste sobre sus cansadas espaldas. A medida que avanzaban por la carretera la gente murmuraba: “Qué injusta es la vida con los pobres. Miren al patrón, bien cómodo, con su buen sombrero para protegerse del sol, sobre el caballo; y detrás el infeliz jornalero cargándole la cama. ¿Habrase visto tanta inmisericordia? El caballo debería llevar la cama. ¡Qué falta de consideración!” Sucedió luego que los dos hombres llegaron a una posada y, como era medio día y el sol canicular ardía sobre la piel, decidieron descansar.

El jinete se bajó del caballo, llevó al animal al abrevadero, sacó del talego un enorme cepillo, llenó el balde con agua y comenzó a cepillar el lomo sudoroso del animal. Mientras el jinete hacía esta labor, el otro señor armó la cama debajo de un árbol frondoso, acomodó el colchón, cuadró la almohada y se echó a descansar. La gente que llegaba a la pensión murmuraba: “Qué injusta es la vida con los pobres. Miren al pobre jornalero refrescándole el caballo al patrón mientras éste ronca como un cerdo en la cama. ¡Qué falta de consideración! Pasaron dos horas y el sol comenzó a inclinarse sobre el horizonte. El sofoco disminuyó y una brisa suave sopló de este a oeste. El hombre del caballo colocó de nuevo los aperos sobre el animal, montó sobre él y echó a andar con dirección al norte. Acto seguido, el hombre del catre despertó de la reconfortante siesta, recogió el colchón y la almohada, dobló la cama, se la echó sobre las espaldas y se fue caminando con dirección al sur.

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LOBITO: ¿Qué opinan de este cuento?

Estudiante: Bueno, las apariencias engañan. A simple vista uno no puede andar juzgando a los demás.

Estudiante. Estoy de acuerdo con Lorena, a veces lo que uno ve parece injusto, pero uno no sabe a fondo lo que realmente está sucediendo.

Estudiante. Lo mejor es no juzgar sin antes saber qué pasa.

LOBITO. !Exacto:  NO TE CREAS NADA HASTA TANTO NO LO VERIFIQUES !!!

Estudiante: La Biblia dice que uno no debe juzgar sino quiere ser juzgado

LOBITO. Así es:  quien habla de lo que desconoce está en camino de ser idiota, decía Víctor Hugo.