Lucrecia Ramos

enfermeraCuando apenas se insinuaba infante, escasos seis años, dientes de leche, zapatos rotos y sin hermanos, Enrique Ramos quedó huérfano al morir su madre de una enfermedad del alma: nostalgia. Nostalgia por la muerte de su esposo amado.

La tía Lucrecia Ramos, viuda, rica y pretenciosa, lo recogió a regañadientes. “Infeliz de mi hermano venir a joderme con esta carga”, refunfuñaba entre dientes.

Al mes lo internó en un seminario, lejos de casa, en un pueblo lejano. Allí Enrique Ramos cursó la primaria y el penúltimo grado de bachillerato hasta que lo expulsaron por indisciplina: Le hizo el amor a Ana María, la sobrina del cura del orfanato.

Pasaron muchos, pero muchos años y nunca se volvió a saber de Enrique Ramos. Un amigo cercano juró que Enrique Ramos había muerto de tristeza como un perico sin pareja.

Y pasaron muchos años más…

En su lujosa mansión, rodeada de seres inertes, enfermó Lucrecia Ramos y solicitó enfermera. La mano cariñosa los remedios le daba, la voz angelical las horas le endulzaba.

Y en el ocaso de la vida, Andrea, la médica, era su única compañera.

— “Dios te bendiga, primor de mi vida, de buenos padres debes ser nacida” –dìjole una tarde la vieja enternecida.

— “Nunca tuve familia pues me crié en un orfanato. De mis padres sus nombres: Ana Maria el de mi madre, Enrique Ramos, mi padre”.

Esa misma tarde Lucrecia Ramos murió de un infarto.

“Una profunda tristeza desgarró su corazón”, dictaminó Andrea, la enfermera de cabecera.