Cuento No. 19– EL VALOR DEL ANILLO .  Una vez un muchacho que estaba muy deprimido fue donde un maestro espiritual que tenía fama de sabio. Cuando llegó a la casa del gurú, la cual quedaba alejada del pueblo, le dijo: Maestro, vengo a que me ayude. Me siento muy mal. Soy un fracasado, nadie me tiene en cuenta, todo el mundo me rechaza, mis hermanos me dicen que soy un idiota, que no sirvo para nada. En el colegio mis compañeros me desprecian, nadie me tiene en cuenta. En verdad creo que soy un fiasco.

El maestro, mirando de soslayo al chico le dice: –Mira, muchacho, yo, igual que tú, también tengo problemas, así que no puedo ayudarte.

De nuevo el joven sintió que una vez más era rechazado, pero cuando ya se iba a ir del lugar el maestro lo llamó y le dijo:

anillo–Ya que estás aquí hazme un favor. Toma este anillo –dijo el sabio quitándose el anillo de uno de sus dedos– ve al pueblo en el caballo que tengo allí amarrado y trata de vender la joya. Necesito urgentemente ese dinero. Pero escucha bien esto. ¡No vayas a dar ese anillo por menos de una moneda de oro ¡Está claro!?

El muchacho se puso feliz de ver que podía ser útil. Rápido se montó en el caballo y se fue al mercado del pueblo que estaba atiborrado de comerciantes. Estuvo todo la mañana ofreciendo el anillo, pero cuando mencionaba el precio, la gente se reía. “Se nota que no tienes idea de lo que vale una moneda de oro si pretendes cambiar esa joya”, decían unos. Otros, tan pronto mencionaba el valor del anillo, se mofaban o miraban para otro lado. Cansado de tanto desprecio, resolvió volver donde su maestro. Una vez frente a él le contó, con la cabeza agachada, de su fracasado intento de vender la joya. El sabio le dijo de nuevo:

–Mira, muchacho. Hagamos lo correcto. Lleva esta anillo donde el joyero del pueblo, él si sabe de su verdadero valor. Dile que lo avalué, pero escucha bien, no lo vendas. No importa cuánto dinero te ofrezca.

El chico, feliz, fue al pueblo y se presentó ante el joyero. Éste tomó el anillo en sus manos y cuidadosamente lo examinó con una lupa, luego le hizo una prueba con unos ácidos y finalmente exclamó entusiasmado: ¡Esto si que es una verdadera obra de arte ¡ Se quitó los lentes y mirando al muchacho le dijo en tono muy emocionado.

–Mira, muchacho. Dile al dueño de esta joya que le doy ya mismo ¡ cincuenta monedas de oro por ella! Pero que si se espera unos ocho días más, le puedo subir el precio hasta ¡setenta monedas de oro!

El chico casi se desploma cuando escuchó la oferta del joyero. Montó el caballo y corrió a galope hasta donde el maestro. Cuando le relató el suceso al hombre, el anciano sabio le dijo:

–Debes tener mucho cuidado con la opinión de los demás. No todos tienen la capacidad de valorarnos en lo que verdaderamente somos. Así que no creas todo lo que te digan.

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–LOBITO: Bien, apreciados estudiantes; ¿Qué opinión les merece este cuento?

–Pamela:  A mi me gustaría primero conocer su opinión, para ver si coincidimos.

–LOBITO: Todos somos tres en uno: Primero, lo que los demás creen que somos, es decir, el aspecto físico. Es muy común juzgar a los demás por su aspecto físico, por la ropa que usa, por la vivienda, por los títulos académicos, en general, por todo lo externo, lo material. Segundo, lo que nosotros creemos que somos; este es el aspecto mental. Es lo que cada cual piensa que es: inteligente, bruto, fracasado, exitoso,  menos que los demás, etc. Tercero, lo que realmente somos:  La conciencia universal encarnada en un cuerpo físico, la semilla de lo divino en este árbol de carne y hueso. En la biblia, en el pasaje de Moisés y la zarza ardiendo, cuando Moisés pregunta: “¿quién eres?”, la repuesta que escucha es: “YO SOY EL QUE SOY”.  Observen que Dios no dijo “yo soy esto o soy aquello”. Así, cada quien es lo que es. Lo demás son etiquetas inventadas por el hombre.

–Pamela. En el cuento, el muchacho, se había deprimido por creer lo que los demás le decían. Para mi es una idiotez sentirse calificado por los demás. Lo que yo soy, en el aspecto humano y espiritual,  no se puede calificar como si fuera un test de matemáticas. El conocimiento académico se puede calificar, pero no el desarrollo espiritual.

–Alejandro. Es como escribir un poema o un ensayo y llevarlo donde un ignorante para tomarle su opinión y, lo peor, darle importancia a esa opinión.

–LOBITO. Así es. Las cosas no tienen importancia sino que las personas se la dan. Un saludo no tiene importancia, pero hay personas que se resienten porque el otro pasa por el lado y no saluda. La gente gasta mucha energía mental (estrés innecesario) dándole importancia a lo que no tiene importancia. Cogen un grano de arena le ponen la lupa (la mente) y ven una enorme piedra. Un bebé parado en la cuna presencia a sus padres haciendo sexo y él no le da importancia a eso, solo gorgotea, pero entra un adulto y  etiqueta el acto como “morboso”. Las cosas no tienen más importancia que las que uno mismo les da.