descarga“Es más fácil destruir el átomo que destruir una creencia a una persona”. (Einstein)

¿Qué ha hecho el hombre con sus enfermizas creencias religiosas? Ha generado muy poca dicha, felicidad o contento en su vida, pero sí vomitado cantidades de odios religiosos, celos, rencores y resentimientos concentrados, desórdenes e injusticias sociales, guerras y muertes a granel, y diferencias entre ellos mismos y en sus propias familias. Las creencias han sido y son fuente de contradicción y sufrimiento en la vida del hombre.

Krishna, en el Bhagavad Gita, nos puso a indagar sobre nuestra verdadera esencia. Buda nos sentó en la posición flor de loto o Padmasana y nos puso a meditar. Jesús nos hizo hincar y nos puso a rezar. Mahoma, espada en la mano, nos puso a pelear. Sai Baba nos puso a cantar.

El dilema con las creencias, sobretodo las religiosas, es que además de confundir y obnubilar a las personas, llegan a la cima de la estupidez humana al convertirlas en fundamentalistas religiosos o fanáticos extremistas, entes irracionales capaces de cometer actos extremistas y acciones autodestructivas como aquellas de amarrarse explosivos al cuerpo y hacerlos detonar en cualquier lugar matando a personas inocentes, ancianos y niños indefensos

El problema álgido del fanático religioso, sea de secta religiosa o de grupo espiritualista, es que asume conductas atípicas, prepotentes y dominantes que destruyen la armonía de las relaciones familiares, deterioran las relaciones laborales y los lazos de amistad, ya que donde llega el fanático religioso asume el rol de predicador, queriendo imponer sus creencias a los demás, convencido hasta los tuétanos que él sólo tiene la razón y que los demás andan equivocados, transitando por el camino del error que conduce al averno, orco, tártaro, báratro o cualquier otro nombre que las religiones dan al infierno.

Permítame ilustrar el texto con situaciones que he vivido en carne propia: Los fines de mes nos reuníamos, en el barrio de Santa Isabel de Bogotá, en casa de una alegre familia santandereana, integrada por hermanos, primos, tíos, padres y amigos. Escuchamos música colombiana, echamos chistes, nos tomábamos del pelo, las chanzas y los abrazos iban y venían por el amplio salón, las anécdotas sazonaban el ambiente, la comilona santandereana, tamales, arepas y demás viandas era opípara; los jugos, gaseosas y cervezas calmaban la sed de todos, en otras palabras la pasábamos delicioso. Era un increíble ambiente de alegría donde todos nos sentíamos como una sola familia…pero sucedió que la hermana mayor se metió a una secta cristiana, se fanatizó a grado sumo y comenzó a utilizar las reuniones para predicar sus creencias, para señalarnos defectos, para acusarnos de ir el camino del mal, a decir que todos estábamos equivocados y que sólo ella tenía la verdad; además comenzó a presionar para meternos en sus estúpidas creencias, y de tanto dale que dale a la cantaleta religiosa terminó acabando con esas maravillosos reuniones de fin de mes. Hizo dividir el grupo en dos bandos, y entre los mismos hermanos terminaron enemistados y se acabaron las reuniones de integración familiar hasta el sol de hoy.

El otro caso me sucedió con unas excelentes vecinas con las que compartíamos Navidades, celebrábamos cumpleaños, puentes de fines de semana, grados académicos, etc. Solíamos salir fuera de Bogotá, a visitar pueblos y saborear deliciosas comidas típicas colombianos, mejor dicho las pasábamos de lo lindo… hasta que estas queridas personas se metieron al veganismo (práctica de abstenerse del consumo o uso de productos de origen animal) tan estricto y extremo, a punto tal, que se compraron una balanza para pesar las cantidades exactas de legumbres, frutas y verduras que consumían en sus comidas diarias. Entonces se acabaron las reuniones porque cuando salíamos a pasear era un complique para comer lo que ellas querían y no hacían más que criticar porque no éramos vegetarianos, y con la cantaleta del daño que hace comer carnes de animales muertos y beber cerveza y dale con la criticadera de que todo era malo, hasta que optamos por no volver a visitarlas y negarnos a sus invitaciones.

Las creencias separan, distancian, enemistan, degradan, confunden. Son generadoras de enfrentamientos, fuente de sufrimiento, alimentadoras del odio, fortalecedoras de la ignorancia. Igual causan injusticias, separan parejas, fomentan las divisiones y originan guerras.

Cada quien tiene la libertad de creer en lo que se le venga en gana, pero ninguna constitución o código da derecho a nadie de imponer, a la fuerza, sus creencias, sus fanatismo queriendo meter a los demás en el mismo tarro de las creencias enfermizas.

El respeto al derecho ajeno es la paz, decía el benemérito de las Américas, Benito Juárez.