OMAIRA. Pedacito de Armero

(La Tragedia de Armero)

Omaira. Pedacito de cieloDayana alzó la vista y quedó fascinada. Una estrella fugaz que había iniciado su recorrido por el firmamento se detuvo de pronto en la mitad del cielo. Lo más asombroso fue que, de un momento a otro, se desprendió del cenit y cayó sobre el tejado de vidrio de la casita de madera. La construcción, que medía nueve metros cuadrados, la había hecho su abuelo materno en el árbol de mangos que florecía silencioso en la mitad del huerto. Dayana había instalado allí una cama, una mesita de madera y una silla. El lugar era un refrescante refugio ecológico donde la chica pasaba horas mirando las figuras que el viento formaba en las nubes. De noche suspiraba contando estrellas corredoras que surcaban el cielo. Sobre la mesa había un cuadro con la foto de una niña de hermoso rostro, ojos alegres y sonrisa luminosa. Al pie de la fotografía un frasco de vidrio con agua y una solitaria rosa roja.

Desde las primeras horas de la mañana, Dayana yacía tirada en la cama mirando el cielo a través del vidrio. En todo el día no había probado alimento; un terrible problema oprimía su corazón de adolescente. El hambre, la sed y el sueño se habían esfumado por completo. Además, había estado llorando en silencio. ¡Dayana había perdido el año escolar!

La situación se complicaba porque Dayana cursaba el último grado de secundaria y ese año se graduaba de bachiller.

Su padre era un hombre pobre que se había arruinado con la avalancha de Armero. Allí había perdido a sus padres y tres hermanos y la ferretería. Sólo Dayana y su esposa se salvaron. La crisis económica por la que atravesaba lo había convertido en un hombre gruñón y de mal carácter. Dayana pensaba que su padre le daría un fuerte paliza. La madre de, Dayana pesar de que también era malgeniada, era más comprensiva.

Sobre una esquina de la cama, Dayana tenía listo un morral con ropa y unos ahorros que había logrado juntar del dinero que le daban para las onces. Había tomado la decisión de huir hacia Bogotá. Por el momento estaba a salvo, ya que sus padres se encontraban en Ibagué visitando a la abuela materna. Pero temía a la reacción de sus progenitores cuando regresaran al día siguiente.

Todos los días, antes de ir a dormir, Dayana tomaba entre sus manos la fotografía que tenía sobre la mesa y la miraba por un largo rato. Le hablaba, le rezaba la oración del ángel de la guarda y finalmente se quedaba dormida abrazada al retrato.

Cuando la estrellita corredora cayó sobre el tejado, Dayana pronunciaba la oración. Era como si un pedacito de cielo se hubiera desprendido de las alturas. Después de varios segundos de suspenso, la extraña presencia se incorporó con movimientos suaves y graciosos. En menos de un santiamén tomó la forma de una diminuta niña de ojos vivaces y pelo encrespado. Sus orejas estaban adornadas con un par de aretes redondos de oro. Una vez de pie, tenía el tamaño de una muñeca Barbie.

Dayana, atónita, observaba el fenómeno. La niña del cielo, como un relámpago azul, atravesó el vidrio del tejado y cayó sobre la mesa. Dayana se asustó y se arrinconó en una esquina de la cama, pero la voz infantil la tranquilizó.

–No temas, sólo he venido a ayudarte. Además, tú has estado llamándome –dijo con tono amigable.

Estas palabras llenaron de confianza a Dayana, quien se atrevió a preguntar

–¿ Eres un fantasma ?

— No. Claro que no –respondió, sin dejar de moverse.

–¡Ah! ¿ Eres un extraterrestre ?

— Tampoco. Te aconsejo que no veas tanta televisión –agregó sonriendo.

–Entonces…¿Qué eres ?..¿ De dónde vienes ?

–Soy la niña que tienes en tus manos.

Ante esta observación, Dayana cayó en cuenta de la fotografía que abrazaba.

–¡Omaira!.. ¡Eres Omaira Sánchez … La niña de Armero que…

–Tranquilízate. No hay necesidad de que repitas la historia –interrumpió la diminuta aparición.

Dayana miró la fotografía una y otra vez y la comparó con la niña que estaba sobre su mesa. Eran idénticas. El mismo rostro, la misma sonrisa…

–¡Esto no puede ser! ¿Estaré soñando? –se preguntaba Dayana.

–¿No has estado pidiendo que te ayudara ? Bueno, aquí me tienes.

Dayana quedó sorprendida por la respuesta que le había dado la niña luminosa. Entonces le dijo:

–Bueno, la verdad no te imaginaba así…

–¿Así cómo…? –indagó la niña del cielo.

–Pensé que las almas de los muertos se verían igual a la forma humana que tenían cuando estaban vivos.

–¡Ah ! Entiendo ¿Lo deseas así ? ¡Mira!..

Dicho esto, la diminuta presencia creció hasta el tamaño de un niño normal y tomó la forma que aparecía en la fotografía. Era Omaira Sánchez con su vestido blanco de la primera comunión. Durante un rato, permaneció sentada en la cama. En ese lapso le explicó a Dayana algunos principios éticos para llevar una vida de rectitud. Le dijo que el amar a Dios en tanto se perjudicara a otros no podía llamarse amor. Que una vida de crueldad comenzaba causándoles a los padres problemas interminables y que los hombres nunca podrían liberarse de los conflictos hasta que no abandonaran el hábito de estar diciendo mentiras. Por último, le aclaró que todo lo que la acercara a Dios era lo bueno y lo que la alejara de él era lo malo.

–¡Ahora, observa! –exclamó, y en un abrir y cerrar de ojos se transformó en un ángel azul con cabeza de niña. En la espalda tenía tres pares de alas. Las más pequeñas estaban en el centro de la espalda, al lado de ellas unas alas medianas y las más grandes sobre los omóplatos. Sus pies eran pequeños, bellos y delicados y estaban descalzos. Sus ojos grandes y negros irradiaban un brillo celestial. Sus cabellos de azabache colgaban en forma de espirales. Dayana , al ver la magnificencia de la figura diamantina, se olvidó del miedo y se inclinó en la cama para tocarla, pero sus manos la atravesaron de lado a lado.

–Estoy hecha de luz –aclaró, y al momento retornó a la forma de Omaira Sánchez.

Dayana, que ya se había tomado confianza, se sentó al borde de la cama junto al pedacito de cielo. Mirándolo con cara de asombro le preguntó:

–¿Eres un ángel?

–Soy un querubín –afirmó con una sonrisa luminosa.

–¿Querubín ? ¿Eso qué es? –quiso saber Dayana.

–Los querubines son ángeles-niños que pertenecen al segundo coro celestial.

–¿Y viven en el cielo? ¿A qué se dedican?

–Cantan todo el tiempo a los pies del Señor.

–¿ Y tú por qué has venido a mí ?

–Porque desde el 13 de noviembre de 1985, cuando dejé la forma terrestre, me has considerado tu amiga y protectora. Me rezas y me tienes confianza; como ahora estás en un aprieto, he venido para ayudarte.

–¿Te cuento mi problema? Quieres que te diga por qué…

–No hay necesidad, Dayana. Sé todo de ti. Conozco tu pasado, tu presente y tu futuro. Estás sufriendo por la pérdida del año escolar y temes el castigo de tus padres. Por eso piensas huir de tu casa y viajar a Bogotá.

Dayana quedó sorprendida de la videncia del querubín. Colocó la fotografía sobre la mesa y se sentó en la silla para quedar frente a él.

–Tú sabes que mi padre es malhumorado y cuando se entere de lo que ha sucedido me va a castigar –justificó Dayana.

–Tienes que aceptar la voluntad de tus padres. Los conflictos de la vida no se resuelven huyendo de ellos, sino enfrentándolos. Esta actitud desarrolla un carácter firme y recto en las personas. Di la verdad a tus padres y cuéntales lo que sucedió. –aconsejó el ángel.

— Mi padre, cuando está de mal humor, no da espacio para explicaciones –arguyó Dayana.

–Cegados por la ira, los seres humanos dicen cosas sin pensar; por lo tanto, debes entender que lo dicho por una persona bajo estas condiciones, no tiene validez alguna.

Dayana escuchó atenta los consejos que el querubín le dio. El ángel la estimuló a que dejara de lado sus temores y enfrentara con valor el problema. Sin embargo, Dayana quiso saber cómo podía Dios sacarla de semejante lío.

–Pienso que Dios no podrá arreglar mi problema sin violar las normas de los humanos.

–Eso es correcto, Dayana. Pero para los problemas del hombre, Dios tiene respuestas que están más allá de la imaginación. Estas soluciones respetan el orden de las cosas en que se mueven los humanos. ¿Has comprendido ?

–Sí, Omaira. Pero tengo una inquietud que siempre he querido aclarar.

–Bueno, ahora tienes la oportunidad. ¿ De qué se trata ?

–¿Por qué Dios permitió que sucediera la catástrofe de Armero?

–Escucha, Dayana. En este mundo no sólo han ocurrido desastres como el de Armero, sino que a través del tiempo se han producido guerras, terremotos, incendios, maremotos, inundaciones, etc., donde han muerto millones de seres humanos, animales y plantas. No pienses que Dios es el causante de todas estas desgracias.. Porque si un hombre construye una casa al pie de un volcán y luego éste hace erupción y arrasa con la vivienda y con sus habitantes, no pensarás que la culpa es de Dios. En este momento ustedes disponen de un Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres el cual distribuye suficiente literatura donde se enseñan las normas para evitar, a futuro, que se repitan este tipo de tragedias. Si en la época de la tragedia de Armero hubiera existido una difusión tan amplia sobre prevención de desastres naturales, como las hay hoy, en donde el fortalecimiento comunitario y la participación activa de la población capacitan a las personas para manejar situaciones de riesgo, con seguridad lo de Armero se hubiera podido evitar.

–No. Claro que no. Se debe a la imprudencia del hombre al construir su vivienda en un lugar tan peligroso –afirmó Dayana.

–Dios es neutro –dijo el ángel– y agregó: Es como la electricidad que no es ni buena ni mala. Depende del uso que el hombre le de. Ella puede ser usada para cocinar alimentos o para electrocutar a un ser humano en una silla eléctrica. De este ejemplo no podemos deducir que existe una electricidad buena y una electricidad mala. La electricidad es neutra. Y sin un rayo cae sobre la tierra y mata a varias personas no es culpa de Dios. Es un fenómeno natural. Lo malo y lo bueno están en la intencionalidad de la mente humana. El hombre en la tierra ha matado y ha salvado vidas en nombre de Dios.

Después de esta breve disertación, el ángel se silenció. Y ante la mirada incrédula de Dayana, se redujo al tamaño de la fotografía que aparecía en el cuadro. Con la rapidez del relámpago se metió dentro del portarretratos. ¡Increíble !..¡La fotografía tomó vida y se salió del cuadro!.. donde sólo quedó la cartulina blanca, sin imagen. Dayana sonrió ante el portento que acababa de realizar el querubín. Ahora tenía frente a ella, en tamaño reducido, a la niña Omaira Sánchez, con su vestido blanco de la primera comunión. Dayana, llena de ternura hacia la niña, le preguntó:

–Omaira, cuando te necesite…

La conversación con el querubín se interrumpió porque escuchó voces en la casa y pensó que sus padres habían llegado. El reloj de la torre de la iglesia marcó las doce campanadas de la medianoche. El ángel azul, a la velocidad de la luz, se metió en el cuadro en donde estaba la fotografía. Dayana se mantuvo despierta un buen tiempo esperando que su amiga del cielo volviera a salir.

A la mañana siguiente, el gorjeo de los centenares de pájaros que llegaban al árbol a comer frutos despertaron a Dayana. Lo primero que hizo la chica fue mirar el cuadro que tenía entre sus manos y quedó maravillada al ver que el color del vestido blanco de la primera comunión de Omaira se había tornado azul. Esto la llenó de alegría, pues por un momento llegó a creer que todo había sido un hermoso sueño. Estaba en estas reflexiones cuando un estruendoso grito la sacó del ensimismamiento.

–¡Dayana!..¡ Baja de allí inmediatamente !

Dayana apretó una vez más el cuadro contra su corazón y le rezó a Omaira para que le diera valor. Descendió de la casita que tenía en el árbol y encontró que su padre la esperaba con cara de pocos amigos.

–¡Me informaron que habías perdido el año en el colegio!.. ¿Es cierto eso ?

Dayana sintió que las piernas se le habían vuelto como de gelatina, sin embargo, sacando fuerzas de los consejos del querubín, contestó:

–Sí, padre. Es cierto. Pero lo que tú no sabes es que…

El hombre no permitió que su hija siguiera hablando y se llevó la mano al cinturón, pero en ese instante la voz firme de su esposa entró en escena.

–¡Carlos! ¡No vayas a tocar a Dayana! No olvides que ella ha sido la mejor estudiante del colegio. Déjala que explique lo que sucedió.

Entraron a la cocina y se sentaron en el comedor. El padre de Dayana respiraba con dificultad. Durante varios minutos, Dayana aclaró la causas de la pérdida académica. La chica sostenía que el profesor de Matemáticas y Física se había equivocado al evaluar los exámenes finales y que por esa razón había solicitado a la rectoría del colegio un segundo calificador, pero la petición no fue aceptada. El padre de Dayana, quien había permanecido en silencio escuchando el relato de su hija volvió a explotar.

–¡Todos esas son excusas baratas! –dijo con voz de trueno, y se paró del asiento. Se acercó a Dayana y le gritó en la cara:– ¡La verdad es que perdiste el año por andar jugando con los gemelos de Carmen Amparo! ¡No eres más que una niña callejera que te desvives por tus dos amiguitos!

La madre de Dayana, para apaciguar los ánimos de su esposo, intervino.

–Mira, Carlos, con esa actitud no vas a solucionar nada. Cálmate y piensa más bien en otra manera de castigarla. No la dejes ver televisión, prohíbele salir a la calle o ir a fiestas. ¿No te parece suficiente castigo repetir el año ?

El hombre, a pesar de la furia que lo embargaba, pareció razonar. Además, quería evitar líos con su esposa quién también era de malas pulgas. Dirigiéndose a Dayana le gritó:

–¡Te subes a tú árbol y no bajas de allí hasta que te lo ordene! ¿Entendido ? –esto último lo dijo resoplando como un dragón.

Dayana, sin alzar la vista del suelo, dio media vuelta y salió de la habitación. Se trepó a la casita en el árbol, se tiró en la cama y estuvo llorando. Durante todo el día no comió. En la noche, agotada por el cansancio, se quedó dormida abrazada a la foto.

Por la mañana, muy temprano, su padre la llamó y en presencia de su madre la reprendió.

–¡Este es tu castigo por perder el año y haberme hecho gastar mi dinero!

Luego la tomó por un brazo y la llevó a la calle. Señalando una carreta llena de mangos biches, le ordenó:

–¡Te paras frente a tu colegio y los vendes! ¡De esta manera vas a recuperar la plata que gasté en ti! Y escucha bien: ¡Por cada mango que dejes de vender te quedas sin comer ! .. ¡Andando!

Dayana tomó la pesada carreta y comenzó a moverla.

El reto era complicado. En esa región los mangos crecían silvestres por doquier. Se encontraban diseminados a lo largo de caminos, carreteras, calles, parques y huertos. Era casi imposible hallar una casa que no tuviera su árbol de mangos. Venderlos sería una verdadera proeza.

Al llegar al parque principal, Yezid y Felipe, los gemelos de Carmen Amparo, quedaron asombrados cuando vieron a su amiga empujando la carreta. Al momento se ofrecieron a llevarla; mientras lo hacían, Dayana les relató el problema. Los dos chicos, que querían a Dayana como a una hermana, colocaron la carreta a las puertas del colegio. Al poco tiempo comenzaron a llegar los escolares a husmear; una vez enterados de la situación se fueron a propagar la noticia. Algunos compañeros del colegio de Dayana reunieron dinero y compraron mangos. Otros, que le tenían envidia aprovecharon la ocasión para mofarse de ella. Los gemelos se disgustaron y se pelearon con ellos. A pesar de todo, ese día Dayana pudo vender los ciento ocho mangos que había en la carreta.

–No sé cómo te las ingeniaste para que los compraran. Pero mañana veremos si corres con la misma suerte — había dicho su padre tan pronto vio el carro vacío.

Durante esa semana, los gemelos difundieron la noticia del problema que aquejaba a Dayana; también fueron a los colegios de Lérida a buscar apoyo. Los dos inquietos muchachos echaron mano de sus ahorros para ayudar a su amiga. El padre de Dayana estaba perplejo. El hombre no podía entender cómo hacía su hija para vender las frutas verdes. Muchas veces se paró cerca del colegio a observar y regresaba estupefacto de ver que los escolares hacían cola para comprar.

El noveno día, un nuevo acontecimiento asombró a Dayana. Los gemelos le habían informado que tanto ellos como sus amigos se habían quedado sin dinero y no tenían cómo seguir comprando mangos. Ante esta situación, Dayana se dedicó a pedirle ayuda a Omaira. Entonces sucedió lo inesperado. El querubín, convertido en una bola de luz azul, salió del cuadro y rodó hasta donde estaba la carreta. Se trepó por una de las patas del carro de madera y se metió entre las frutas. De pronto…¡Oh, Dios bendito!.. ¡ Los mangos se volvieron rojos! Adquirieron el aspecto de tomates maduros gigantes y se veían tan apetitosos que a Dayana se le volvió agua la boca. No pudo resistir y se comió uno. Eran tan dulces que parecía que estuvieran rellenos con miel de abejas.

Ese día Dayana vendió los mangos no a los chicos de los colegios, sino a las personas que se acercaban a mirar el prodigio. El milagro se repitió toda la semana y durante esos días Dayana pudo llevar el dinero a su padre.

El 15 de noviembre sería un fecha inolvidable para la pequeña vendedora de frutas. Ese día, como los anteriores, se levantó temprano, tomó el cuadro entre sus manos y llena de amor le habló al querubín para que madurara los frutos verdes. Pero pasó el tiempo y el ángel no apareció. Insistió por un buen rato y el resultado fue el mismo. Temerosa de que su padre llegara y la encontrara en casa, salió a cumplir con su deber. Los gemelos, como siempre lo hacían, esperaban a la vuelta de la esquina para llevar la carreta hasta el colegio. Dayana había enterado a sus dos amigos del milagro que Omaira realizaba a diario. Hasta las diez de la mañana los gemelos estuvieron con Dayana . A la una de la tarde, la niña no había vendido ni un solo mango. En los días anteriores, a esa hora, ya tenía en el bolsillo el dinero de la mitad de la venta. A las dos de la tarde, Dayana estaba angustiada. Faltando diez minutos para las cuatro se dio cuenta que era imposible vender las frutas. Resignada a su suerte y dispuesta a aceptar el castigo de su padre, alzó la carreta y se dirigió a su casa. No había recorrido una cuadra, cuando en la distancia vio a Felipe y Yezid que venían corriendo como dos trombas de viento. Dayana detuvo la carreta. Los dos chicos llegaron jadeando. No podían hablar de la emoción que los embargaba. Parecía que se hubieran tragado la lengua; sólo hacían señas con las manos y gestos con la cara. Felipe traía en su mano derecha un papel.

–¡Por Dios, muchachos!.. ¡Hablen!.. ¿Qué les ha sucedido?.. ¿Por qué están tan alterados ? –interrogaba Dayana con inusitada curiosidad.

Los gemelos continuaron gesticulando. De pronto, Felipe se acercó a Dayana y la besó en la mejilla. Enseguida Yezid hizo lo mismo. Tomaron aire para llenar los pulmones y al unísono exclamaron:

–Dayana… ¡Eres la mejor!.. ¡La mejor…

–¿Qué dicen?…¿De qué hablan..

–¡Eres la mejor de Colombia! –repitieron en coro. Ahora ambos la abrazaban. Felipe de frente y Yezid por atrás.

–¡Felipe!.. ¡Yezid!.. ¡Suéltenme!.. ¡Me tienen como queso de hamburguesa ! –exclamó riendo Dayana.

Sin entender lo que decían los gemelos, Dayana le quitó a Felipe la hoja de papel que traía en la mano y la leyó. Al enterarse del contenido de la fotocopia, Dayana palideció y por segunda vez sintió sus piernas como de gelatina. Para no caerse se agarró de la carreta.

Los gemelos la sostuvieron de los brazos y la ayudaron a sentarse en el andén. Besaron de nuevo a su amiga en las mejillas y salieron como locos gritando a todo pulmón:

–¡Dayana es la mejor de Colombia!…¡Dayana es la mejor de Colombia!..

Por los hermosos ojos amarillos de Dayana las lágrimas rodaron en silencio y cayeron sobre el papel. Así permaneció durante varios minutos. La gente se detenía y la indagaba, pero ella estaba tan alterada que tampoco podía hablar. Una vez más los gemelos hicieron su aparición, pero ahora manejaban una motocicleta que tenía doble asiento. Llegaron donde Dayana y la invitaron a subir. La bella adolescente solicitó que la llevaran a Armero, en donde se levantaba el monumento a Omaira. Los gemelos giraron el vehículo y lo enrumbaron con dirección a Lérida. Durante el corto trayecto que separaba a Armero de Guayabal, ninguno de los tres muchachos habló. Estaban impactados por la feliz noticia. Cuando llegaron al lugar, Dayana caminó hasta el monumento mientras los gemelos aguardaron sentados en la motocicleta.

Dayana , con lágrimas en los ojos, dobló la fotocopia y la colocó en la urna de vidrio en la cual depositaban los ramos de flores. Con la voz entrecortada exclamó:

–¡Gracias, chiquilla valiente!.. ¡Gracias por este milagro! Tenías razón: Los caminos de Dios son inescrutables para los hombres.

Los gemelos le confesaron a Dayana que habían visitado la alcaldía y habían enterado a todos del feliz acontecimiento. Ahora la gente congratulaba a su padre. El hombre no había resistido tanta emoción y, a pesar de su aparente rudeza, se había puesto a llorar.

Los tres chicos llegaron al parque principal de Guayabal y vieron que una multitud de personas se había congregado al frente de la alcaldía, en donde había una tarima que el Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres había construido para conmemorar los doce años de la tragedia de Armero. El alcalde, el rector del colegio, los profesores, los representantes de la Dirección Nacional para la Atención y Prevención de Desastres y los padres de Dayana esperaban ansiosos.

Dayana y sus inseparables amigos subieron al entablado en medio de abrazos, hurras y los gritos de los escolares. El rector del colegio donde estudiaba Dayana, tomó el micrófono y habló a la población.

–Tengo en mis manos una comunicación del Ministerio Nacional de Educación firmada por el señor ministro. Felicita al Instituto Oficial de Armero y al pueblo de Guayabal porque la estudiante Dayana Mirques, del grado undécimo, acaba de obtener, en los exámenes nacionales del Icfes, el puntaje más alto del país, constituyéndose de esta forma en el mejor bachiller de todo el territorio nacional. Hazaña que le da derecho a estudiar completamente becada en la universidad que desee y en la carrera que Dayana elija…

Una estruendosa ovación interrumpió la lectura del mensaje. El aplauso se prolongó por varios minutos y la gente se trepó a la tarima. Todos querían abrazar a Dayana

El eco de esa inmensa alegría se transformó en un enorme pájaro musical que recorrió el cielo de Guayabal y voló hasta el monumento de Omaira. Allí se arrulló entre las banderas blancas satinadas que ondeaban silenciosas como alas de un gigantesco ángel azul con cara de niña.