LA RUINA DEL HOMBRE

niñaLa mano derecha, que escribe un libro maravilloso que redacta complejas ecuaciones de matemáticas o pinta un hermoso cuadro y recibe los más altos elogios en todo el mundo, no se cree superior a la mano izquierda que sólo ayudó a sostener la hoja de papel o el pincel cuando la mano derecha escribía o pintaba. La mano izquierda, por no escribir nada, no se siente inferior que la mano derecha ni la mano derecha se cree superior que la mano izquierda, pues en el caso de una persona zurda sería lo contrario y en un ambidextro ambas manos harían lo mismo.

La mano izquierda no se siente inferior, ni frustrada frente al hacer de la mano derecha. La mano derecha tampoco se siente superior que la mano izquierda. No hay frustración ni complejo de superioridad porque las manos saben que quien realmente está siendo el prodigio es el cerebro y no ellas. Las manos solas no podrían hacer nada prodigioso sin la ayuda y dirección del cerebro. Las manos saben que ellas dependen de las señales del cerebro para poder “hacer” cosas. Ellas no se comparan nunca, sólo hacen lo que el cerebro les dice. Dios es el cerebro y los dedos son los seres humanos.

En un jardín flores de todos los tamaños, colores y formas germinan y crecen juntas. Entre ellas no compiten por ser una mejor que otra. La rosa no compara su belleza con las azucenas, las amapolas o los girasoles. Cada una de ellas crece libremente acariciadas por el viento y exhalando sus fragancias que agradan a todos. Las flores no compiten entre ellas para sobresalir o impactar a los seres humanos. Simplemente dejan fluir sus encantos sin asumir poses artificiales y sin tratar de ser favoritas a los ojos humanos. Esto mismo sucede con los animales, los peces y los pájaros. Se muestran naturalmente como son, los que los hace tiernos y bellos a los ojos humanos. No se creen “hacedoras” de sus bellezas.

Con los niños pequeños sucede lo mismo. Cuando se expresan de forma natural y espontánea, se ven tiernos, alegres y contentos, lo que agrada a todos. Sólo que cuando crecen, también crece con ellos el ego soberbio, el ego que se cree “hacedor” y terminan perdiendo su naturalidad y su espontaneidad. Entonces se vuelven seres competitivos, amargados y envidiosos y pierden el maravilloso y luminoso carisma de la naturalidad de expresarse como son en su esencia, y asumen poses artificiales, copiadas de la televisión y de los mayores.

Todo esto porque el hombre tiene metido, entre ceja y ceja, que él es “hacedor” de todo lo que hace, desconociendo de manera olímpica que hay un poder superior, manifestado en principios universales descubiertos por la ciencia, leyes cósmicas, que lo tienen haciendo todo lo que hace, desde que nace hasta que muere.

Esta falsa creencia, esta idea estúpida, de creerse “hacedor” es causante de la gigantesca ignorancia espiritual en la que está sumergido y lo tiene compitiendo con todos y contra todo, razón por la cual ha perdido su naturalidad, su espontaneidad y ya no exhala la fragancia de su verdadero ser: Su esencia divina.

¡ La ruina del hombre es creerse hacedor de todo lo que hace !

(Alfonso “LOBITO” Amaya)