Cuento No 4: CICATRICES

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Había una vez un niño pequeño que tenía muy mal genio. Su padre decidió darle una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera los estribos, tenía que clavar un clavo en la valla de su casa.

El primer día, el niño clavó 37 clavos en esa cerca. El niño gradualmente comenzó a controlar su temperamento durante las siguientes semanas, y la cantidad de clavos que estaba martillando en la cerca disminuyó lentamente. Descubrió que era más fácil controlar su temperamento que clavar esos clavos en la valla.

Finalmente, llegó el día en que el niño no perdió los estribos. Le contó a su padre las noticias y el padre le sugirió que el chico ahora debía sacar un clavo todos los días para mantener su temperamento bajo control.

Pasaron los días y el niño finalmente pudo decirle a su padre que todos los clavos habían desaparecido. El padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó a la valla.

"Lo has hecho bien, hijo mío, pero mira los agujeros en la valla. La cerca nunca será la misma. Cuando dices cosas cuando estás enojado, dejan una cicatriz como esta. No importa cuántas veces digas que lo sientes, la herida todavía está allí".

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Moraleja: controla tu enojo y no le digas a la gente cosas de las que luego puedes arrepentirte mientras la ira te domina. Algunas cosas en la vida no se pueden recuperar. Son las cicatrices del alma.