araña Érase un hombre que tenía fama de sabio, pero la sabiduría adquirida era producto de la lectura de libros, conocimiento prestado; de todas formas, el hombre gozaba de prestigio dentro de la comunidad y era respetado por todos. Como consecuencia de esta situación desarrolló el ego de la soberbia del conocimiento, del orgullo académico. Un día iba por un camino cuando vio que una arañita atravesaba el sendero a toda prisa y, agitada, se trepaba a un arbusto. Desde allí el arácnido miraba atentamente hacia la distancia. Al sabio le llamó la atención el incidente y acercándose a la araña le preguntó:

–¿De qué huyes? ¿Te persigue alguna lagartija para comerte?

–No señor –respondió ella– sucede que no demora en pasar la carreta que lleva la leche a la ciudad. Si no atravieso el camino rápido me puede matar.

El sabio rió con ironía y le dijo a la araña.

–Bueno, si la carreta te aplasta no va a pasar nada. No eres mayor pérdida para el mundo. La vida continuará su ritmo contigo o sin ti. Así que no seas tan exagerada.

–¡Qué dices! ¡Estúpido, engreído! –exclamó la araña con rabia– ¿Te crees muy importante? Piensas que si mueres, ¿serías una gran pérdida para todos, pero si muero yo no hay pérdida? Pues entérate que yo igual que tú tengo el mismo derecho a la vida. El principio divino que te permite caminar, moverte y respirar, también está en mí. ¿Crees que hay más vida en un elefante que una hormiga? ¡Vaya estupidez! El espacio dentro y fuera de la caja es el mismo. Yo también, tengo hermanos, hijos, esposa, amigos y padres. Todos ellos me necesitan y les hago falta. Ahora mismo me esperan en casa y si no llego, sufren pensando que algo malo me sucedió. Soy importante para ellos. Cuido de mis hijos pequeños, de mi esposa y de mis padres ancianos. ¡Qué va! Tú no eres ningún sabio, sólo un erudito come libros. Sabio es quien ha comprendido la vida como es y no se comportaría de manera tan despectiva. Lo mínimo que has debido aprender en esas lecturas es que sólo Dios tiene derecho a determinar el nacimiento y la muerte de los seres. Él me creó y me dio inteligencia para que me cuidara del peligro. ¡Hasta luego, sabio engreído!

El “comelibros” sintió vergüenza de su estupidez y juró respetar todas las formas de vida que habitaban el planeta.

La arañita se bajó del arbusto y continuó su camino. En la distancia varias arañas, de diferentes tamaños, salieron corriendo a su encuentro