juego del otro Carlos y Miguel fueron a la final de microfútbol en el parque del barrio donde vivían y para disfrutar la ocasión, llevaron una canasta con emparedados, empanadas, jugos y dulces. Una vez en el lugar se sentaron en una banca. El juego inició en medio de la gritería de los hinchas. Los dos amigos, de entrada, engulleron empanadas acompañadas con jugos. Minutos después se produjo un gol por parte del equipo del cual eran simpatizantes. Carlos y Miguel saltaban llenos de dicha. Un rato después, el equipo contrario marcó el gol del empate, al tiempo que un jugador abandonaba el juego por lesión de un tobillo. Entonces los jugadores del equipo fueron a la banca en donde estaban los dos amigos y dirigiéndose a Carlos le dijeron:

–Oiga, hermanito, danos una mano, ven a reemplazar a Rafael que se jodiò el tobillo.

–Sucede que no vengo preparado. No tengo guayos, ni pantaloneta, ni protectores, ni…

–Tranquilo –interrumpieron los del uniforme–. No te preocupes, aquí te damos todo. Camine, no sea mala persona, venga a jugar.

Carlos miró a Miguel quien, disimuladamente, hacía señas para que no aceptara la propuesta.

–No sé, amigos. No estoy en forma para jugar ahora. Tal vez en otra oportunidad.

–No, Carlos. Cómo nos haces tamaño desplante aquí en público. Observa a su alrededor: todos te miran. Johana se pondrá feliz cuando sepa que, gracias a ti, ganamos el campeonato. ¡Deja la indecisión y métete al juego! –y comenzaron a gritar–: ¡Carlos!.. ¡Carlos!..

Miguel halaba la camisa a su amigo para que no aceptara, pero Carlos no aguantó la presión, se bajó de la banca y se metió al juego.

Miguel, al verse solo, se comió todo el “mecato”. El juego terminó empatado. Carlos llegó a la banca en estado lastimoso. Cojeaba de la pierna derecha, traía las rodillas peladas, un chichón en la frente, los codos hinchados y se quejaba de los patadones que le habían propinado. Miguel lo miró con ironía y le dijo:

–¡Idiota que eres! ¿Cómo te dejaste convencer tan fácilmente? ¿No la estábamos pasando bueno aquí para ir a que te dieran de patadas? ¿Por qué te dejaste meter en el juego? Mirá a ver si la próxima vez tenés carácter para decir ¡NO!

Carlos, dejándose caer en la banca, respondió:”Pendejo que es uno. Me habría ahorrado esta golpiza si no me hubiera dejado meter en el juego”. Todo por no saber decir ¡NO JUEGO!