clip_image002[4]13. —LA ESTATUA Y EL INCIENSO. Erase un hombre que tenía muchos problemas y estaba deprimido, entonces decidió hablar con su mejor amigo a quien le contó todas sus tragedias. Éste, luego de escuchar atentamente los infortunios de su compañero, le dijo:

–Mira, José Antonio, en la vida hay que tener fe en algo, así sea en uno mismo o en una piedra, de lo contrario la vida se vuelva una carga muy pesada de llevar. Mi consejo es que te apoyes en Dios, no importa la forma que escojas para adorarlo. Si haces esto, te aseguro que una nueva energía te impulsará a buscar soluciones inteligentes a tus problemas.

A José Antonio le pareció razonable el consejo de su amigo, de modo que resolvió ponerlo en práctica. Fue a un almacén de artesanías y se compró una bella estatua de Jesús, labrada en madera de cedro. Llegó a su casa entusiasmado y colocó la imagen sobre una mesa. Allí elaboró un altar con flores, espermas e incienso. Durante un mes, e se dedicó a rezarle a Jesús, pidiéndole solución a los problemas que lo martirizaban, pero el tiempo pasaba y la situación continuaba igual. Entonces comenzó a dudar. Llegó a pensar que Jesús no lo escuchaba y de nuevo se deprimió. Optó por volver a hablar con su amigo.

–Escucha, José Antonio –le dijo el amigo– La fe hay que construirla poco a poco. Es como levantar un edificio. Nadie hace un rascacielos en solo día. Es un proceso lento de ladrillo sobre ladrillo, piso por piso, pared por pared, hasta que la edificación se termina. La fe se construye con ayuda de la razón. Además de rezar debes leer textos sagrados que te llenen de devoción. Debes, también, rodearte de gente buena y santa. Todo eso es el alimento del espíritu divino que vive dentro de ti.

–Tú a que santo o qué Dios le rezas –le preguntó José Antonio a su amigo.

–Yo tengo mi fe puesta en el Buda –contestó él con sinceridad.

José Antonio se despidió de su compañero, pero mientras caminaba para su casa un extraño pensamiento salió a flote: Buda debería ser un Dios más poderoso que Jesús, pues su amigo no tenía problemas y siempre se veía alegre. Así que fue al almacén y se compró una estatua del Buda. Llegó feliz a su habitación dispuesto a cambiar de fe. Tomó la estatua de Jesús y la metió en el guardarropa. En su lugar colocó la imagen del Buda. Trajo unas barras de incienso y las prendió poniéndolas a los pies del iluminado. El agradable olor se esparció por todo el cuarto. De pronto notó que el viento llevaba la columna de humo hasta el ropero y se incrustaba en él por una rendija. Abrió el closet y comprobó que la fragancia refrescaba el rostro de Jesús. Cosa que no le gustó. Tomó un pedazo de tela y le tapó la nariz al Nazareno para que no oliera el delicioso perfume. Cerró el guardarropa y volvió a su postura de meditación frente a la imagen del Buda. Al rato escuchó un ruido en el ropero, como si alguien estuviera encerrado en él. Dejó de rezar y fue a buscar el origen del extraño sonido. Abrió la puerta del guardarropas y… ¡Sorpresa!.. Jesús, esbozando una angelical sonrisa, lo miró con ternura y extendió su mano para devolverle el pañuelo. Antes de que José Antonio se desplomara sobre el piso, Jesús le dijo:

–Durante un mes me trataste como pedazo de madera sin vida, pero cuando me pusiste el pañuelo en la nariz, me diste la vida que me negaste como estatua.