(Homenaje a Gabriel García Márquez)flores

Por: Gustavo Lobo Amaya

Colombia es un país de gente, en su mayoría, demasiado histriónica, hipócrita y perversa. Es aquí donde los crímenes atroces, y los grandes criminales, dejan impávida a la gente y las nimiedades son exageradas para llevarlas a la categoría de desastres nacionales. Un tonto trino de una senadora igual de tonta tiene todo un país indignado, una indignación peligrosa, porque es demasiado uniforme.

El mismo país que algún día envió a ese largo y humillante exilio a uno de sus grandes escritores lo acoge ahora muerto para usufructuar su fama y envanecerse de una figura que no entendió a cabalidad. No se le rinde honores porque sea respetado sino porque ayudó a inflar el ego de este absurdo país. Si lo hubiera respetado no lo hubiera perseguido por sus ideas políticas, sean cuales fueren. Sin embargo, a pesar de las reiteradas críticas por sus posturas políticas le dio al país más de lo que cualquiera le ha dado. Como si no hubiera entregado suficiente. Un solo colombiano tejiendo palabras dio a su patria más de lo que millones de colombianos juntos en varias generaciones: universalizó un país y su cultura. El premio Nobel es secundario, irrelevante, igual si no se lo hubieran dado sería tan universal y respetado como cualquier otro buen escritor sin este premio. Pero la mayoría de los colombianos está obsesionada con el premio no con su obra.

Muchos de sus detractores, basados en argumentos elementales y mezquinos, pretendieron que una de las mentes más brillantes de la literatura mundial fungiera de politiquero populista y se encargará de gestionar obras para su pueblo natal, y en vez de dejar su nombre inscrito en literatura universal solo aspirará a esas miserables placas perseguidas con vehemencia por los políticos, para conseguir aquella esquiva y efímera inmortalidad, después borrada por la naturaleza misma y el tiempo. Querían estos obtusos detractores reducirlo a un oficio mediocre y vulgar que le correspondía a los folclóricos políticos de la región. El pueblo ignorante no culpó al ineficiente o al corrupto político sino al escritor. Al pintor Fernando Botero nunca se le ha acusado de no ayudar a Medellín. Todo ese lastre que se le encimó a García Márquez durante su vida fue por sus simpatías y declaraciones públicas con la izquierda y la gran amistad con un dictador caribeño. Por retorcimientos políticos indescifrables las dictaduras de izquierda son más oprobiosas para la gente que las de derecha, y ambas son lo mismo. Se justifican las dos de miles de formas y solo son aberraciones políticas del poder. A ningún otro escritor o artista se le han recordado tanto esos “pecados”. Muchos escritores tuvieron amistades con dictadores de derecha y apoyaron regímenes fascistas o defendieron la anticuada y desfasada monarquía, como Álvaro Mutis. El mismísimo Borges recibió una condecoración del temible dictador Pinochet el mismo día que era asesinado el general Armando Letelier por órdenes suyas. Y ha sobrevivido su invaluable obra y no sus desatinos o decrepitudes políticas. La izquierda también ha tratado de menospreciar la obra de Mario Vargas Losa por sus radicales posturas de derecha. Pero la literatura siempre ha vencido.

Dentro de todas esas críticas a García Márquez surgen unas tan pobres: tenía varias casas como cualquier burgués; usaba pañuelos Hermes; se codeaba con los grandes personajes de nuestro tiempo; no hizo nada por Colombia, no hizo nada por Aracataca. Incluso se le acusó con amargura de renegar de su país. Fernando Vallejo también lo hizo: se retractó y volvió de nuevo. Y es que uno tiene el sagrado derecho de contradecirse, y ellos estaban es su derecho pues ambos amaban profundamente a Colombia, les dolía demasiado su desastrosa situación, que aún persiste. Se le acusó también de no ser coherente con su pensamiento político pues esperaban que moviera sus influencias para hacer el trabajo de otros. Se supone que la coherencia era vestir de harapos; tener su casa en alguna comuna o en un barrio deprimido; comprar su ropa en San Victorino o en alguna prendería; y finalmente regalar su dinero entre los desafortunados que defendía. Esa malentendida y elemental coherencia se le exigía a uno de los más grandes escritores universales y a unos de los colombianos más representativos e icónicos. Sus atropellados críticos esperaban que regalara zapatos o pusiera cara de circunstancia en las conmemoraciones, como cualquier cantante o futbolista. Quizás le faltó entregar miserables donaciones, muy públicas, para acabar con la miseria de todo un país. Esa absurda coherencia se le pedía al colombiano que desafió la inconmensurabilidad del tiempo y creo un universo habitado por otros mundos, tan nuestros. Siguiendo la misma lógica, todos los grandes e influyentes escritores de cada época deberían ser acusados de los mismos crímenes.

Yo encuentro exagerada y desproporcionada la indignación, extendida con desmesura en todo los medios de comunicación y en el país, por las declaraciones de una anodina parlamentaria, cuyo nombre no tiene importancia, y quien pretende entrar a la historia de este país por la puerta de atrás, como le corresponde, pero ayudada paradójicamente por miles de dolientes del escritor. Una senadora además muy cobarde: no tuvo la entereza y el valor de sostenerse en sus comentarios, por el costo político, y se retractó acompañada de una lamentable y presurosa cobardía. Su apresurada retractación resulto abominable, fue muy cobarde al disculparse por sus creencias Una abominación peor que su desafinado trino, a muchos no le gustó pero por lo menos fue sincero. Se sobrevaloraron sus palabras y se asumió que posee realmente el poder de enviar a quien quiera al infierno. Y no deja de ser muy absurdo que mientras ella misma lo tilda de comunista, y por ende ateo, lo condene con Castro a un infierno del cual el escritor nunca creyó, y menos, temió. No se sabe de nadie que haya vuelto achicharrado de ese lado para contar si existe o no. La izquierda y la derecha, y los del medio, de este país tienen su propio infierno, donde obviamente lanzan a los opositores en medio de terribles imprecaciones.

Las muestras de indignación se superan a sí mismas a cada momento, y cada vez son más dramáticas. Si hubiese dicho alguna cursilería no habría pasado nada. Antes de ese tonto trino, tan poco original, yo no sabía quién era el personaje y en segundos ha pasado a competir en popularidad con la muerte de un escritor universal. ¿Acaso esta rémora de la fama del otro merece ser tenida en cuenta y regalarle la fama por caridad? Esta mujer que poca gente conoce en el país, y que tan pronto termine su vida política será menos conocida, comparte ahora titulares, artículos y programas a la par con la muerte de García Márquez. No obstante, la importancia de uno es tan descomunal y la de la otra tan insignificante. Los recalcitrantes periodistas y los indignados ciudadanos se empecinan en igualarlos en vez de darle la muerte a través del olvido, como lo hubiera hecho el escritor. Además ¿Por qué escandalizarse por lo que escribe o dice esta destemplada señora si los políticos en este país dicen y hacen lo que les viene en gana? Y ese hacer incluye todas posibilidades del amplio espectro de la maldad humana. Caer en su mismo juego me parece imperdonable; declararla persona no grata no tiene ningún sentido; castigarla o demandarla por lo ya escrito es ser intolerante a las opiniones ajenas; inhabilitarla por un trino o demorar su posesión por lo mismo me parece inútil. Es muy paradójico que a un escritor que no profesó ninguna religión se le quiere sacralizar su figura y como ya está muerto cualquier opinión (o maldición…) sobre él sea ya considerado una blasfemia o sacrilegio. Entonces, vamos a sentar el precedente de no poder opinar sobre una figura pública ni viva ni muerta. Ya lo primero es ley pero lo segundo es una novedad. Cuán ridículo es este país, por eso estamos como estamos. Si desde el primer momento se hubiera ignorado semejante estupidez habría pasado desapercibida: con tanta alharaca esa senadora ha ganado también popularidad. Hay un montón de tarados que piensa como ella y mandan al infierno a los ateos. La gente puede tuitearle la madre o escribir otros trinos donde todos los partidarios de Fidel Castro y admiradores de Gabriel García Márquez los manden para el cielo, y a ella de vuelta al infierno. Es igual de tonto pero supongo que catártico para muchos.

Yo solo me pregunto que hubiera pensado o dicho el mismo Gabo si lo supiera. Ni siquiera repararía en menudo asunto tan sin importancia y no diría nada, lo olvidaría. Pero estos colombianos histriónicos y tercos han vuelto un comentario insignificante y tonto en asunto de estado, un verdadero mercado de lágrimas y de lamentaciones, tan barato que también ofende la memoria de García Márquez.