ego Sobre el escritorio del poeta convivían un lápiz y un estilógrafo. El lápiz era utilizado por el bardo para subrayar lecturas que hacía en textos sagrados como la Biblia, el Corán y el Bhagavad Gita; en cambio al estilógrafo lo usaba para marcar párrafos de revistas, periódicos, folletos y folletines. A raíz de esta práctica, el lápiz se había vuelto sabio y, gracias a ello, había podido superar los temores, los deseos y los apegos por los cuales la mente atormenta al cuerpo. Era un lápiz trascendido, pacífico y su mente siempre estaba en paz consigo mismo. El estilógrafo, por el contrario, tenía la mente repleta de cosas mundanales: riquezas, fama, prestigio, viajes, joyas, etc. Sus deseos cada vez eran mayores y no dormía rumiando esos pensamientos.

Un dìa llegó el poeta Neruda, tomó el estilógrafo y se puso a redactar versos y rimas. Finalmente tejió un bello poema hecho de lindas metáforas. Luego dejó el estilógrafo sobre el papel y salió de la habitación. Tan pronto la sala quedó sola, el estilógrafo se paró, tomó el poema y comenzó a leerlo en voz alta para que lo escuchara el lápiz. El lápiz notó el engreimiento que había asumido el estilógrafo. Parecía reina de belleza en pasarela.

–Oye, estilógrafo, luces contento. Tu mirada tiene el brillo del triunfo. ¿A qué se debe tu engreimiento?

–¿Cómo? –dijo el estilógrafo– ¿No has escuchado el bello poema que acabo de escribir? ¡Es una verdadera obra de arte! Machado, García Lorca y Rubén Darío envidiarían este escrito.

El lápiz sonrió ante la audaz respuesta y contestó:

–Mira, no seas tonto. Tú no has escrito ningún poema. ¿No te das cuenta que quien lo hizo fue Pablo Neruda? En verdad que eres iluso. Tú sólo fuiste un instrumento en sus manos. ¿Cómo puedes ser tan ignorante y creerte autor de tan bellos versos?

El estilógrafo, al escuchar las palabras de su amigo, respondió:

–¿Qué dices? ¡Cómo que no elaboré el poema! ¡Pero si yo sentía cuando la tinta salía de mi cuerpo a medida que escribía los versos!

–En eso tienes razón, querido amigo. La tinta salía de ti a medida que te deslizabas por el papel, pero estabas en la mano del poeta. Para que entiendas: Un violín no se toca solo, necesita de un músico para producir la melodía. ¿Ahora comprendes?

Ante el razonamiento del Lápiz, el estilógrafo se dio cuente de del error. Dejó de sacar pecho y murmuró: “Idiota que es uno al creerse el hacedor”