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¿ LAS PERSONAS CAMBIAN ?

  • Posted by on June 22, 2015 at 7:02 PM

EL CAMBIO

 

Profesor LOBITO: ¿ En verdad las personas cambian con el tiempo?

cambioLOBITO:   ¿Quién cambia o qué es lo que cambia? ¿De dónde a dónde cambia? Mira un pez. El Poder Supremo lo diseñó como pez para llevar una vida como pez hasta el último minuto de su existencia en el agua o fuera de ella, no irá a cambiar de pez a ave, y no me refiero a la evolución de las especies. Sólo estoy diciendo que ese pez que está en la pecera, en el mar o en el río llevará vida pez por los días, meses o años que le corresponda vivir, y eso no va a cambiar. Una tortuga ha sido diseñada para la lentitud y esa condición o aptitud  física nadie la puede cambiar. Así la tortuga viva doscientos años, serán doscientos años en la lentitud, nada hará que se vuelva veloz. Con las personas pasa lo mismo. Cuando bebés tienen ciertas actitudes y aptitudes. Cuando niños se manifiestan las actitudes y aptitudes correspondientes a este período de la vida, y lo mismo para con la adultez y la vejez. Si observas todo el ciclo completo y no una parte del ciclo, la adolescencia, por ejemplo, te darás cuenta que cada persona sólo está manifestando lo correspondiente a ese ciclo y esto incluye tanto las aptitudes físicas como las actitudes mentales. Tú en este momento te comportas como un intelectual universitario que todo lo discute y no está de acuerdo con nada. Este comportamiento mental es sólo una manifestación de tu diseño como ser vivo en esta etapa. Pero lo que tú eres realmente no cambia desde el nacimiento hasta la muerte del cuerpo físico. Observa que el espacio que hay dentro de una caja es el mismo que está fuera de la caja y no es que sean dos espacios. Al destruir la caja el espacio no se destruye y tampoco va a cambiar por dejar la caja. Lo que tú eres realmente no cambia. Aparentemente hay cambios de hábitos mentales y aptitudes físicas, conductas y comportamientos, pero sólo son etapas del ciclo de tu vida por los que tienes que pasar. Si tú a eso lo quieres llamar cambios, es una manera de ver las cosas. Un delfín tiene una personalidad diferente a la de un cocodrilo, pero el delfín vivirá su vida como delfín y no porque lo lleven a un acuario a hacer acrobacias quiere decir que haya cambiado, sólo que ese espacio él puede manifestar las aptitudes que tiene y que el cocodrilo no tiene. Igual pasa con los seres humanos, cada cual, en cada etapa de su vida manifiesta las actitudes y las aptitudes para las cuales fue diseñado. Esto se ve bien claro en el cada de las personas que tienen comportamientos diferentes, homosexuales, psicópatas, asesinos, ladrones, santos, filántropos, etc. Este es mi punto de vista.

ECOCUENTOS: CUENTOS ECOLÓGICOS

  • Posted by on February 3, 2013 at 9:27 AM

GALILEO Y TORQUEMADA

(Cuento tomado del libro de Lobito: ECOCUENTOS)

 

peces “…Arriba de esta oscuridad existe un mundo de luz donde los seres que lo habitan, los más pequeños, se divierten con las arenas en las playas construyendo casas, castillos y torres que luego derrumban. Los más grandes se entretienen con las palabras. Hacen castillos con las teorías y los conceptos y torreones de letras pero, al igual que las edificaciones de arena, se desmoronan con el aleteo del tiempo. Esta no es la única forma que tienen de pasar la vida, también practican otros juegos. Uno de ellos, muy particular, lo llaman “Prestigio” y funciona de acuerdo con unos títulos que se inventaron. Al más importante de ellos lo llaman rey o presidente y a los demás vasallos. Estos, a su vez, se dividen en ministros, gobernadores, alcaldes, gerentes, rectores, embajadores, príncipes y otros más. La dinámica del juego consiste en que uno manda y los demás obedecen. Al final, pelean todos contra todos y se destruyen entre ellos. Después de estas matanzas, los sobrevivientes permanecen en paz por un tiempo corto y reinician el juego. Esto lo hacen una y otra vez por generaciones. Yo nunca me pude explicar tan extraños comportamientos, pues ellos se creen seres superiores en esta creación. Este pensamiento los ha llevado a destruir no sólo a los de su misma especie, sino también están exterminando a los demás organismos vivos que habitan el lugar. Talan los árboles, envenenan las aguas, contaminan el aire, matan los animales y a veces los asesinan con el único fin de colgar sus cabezas en las paredes; parece que esto los hace sentir muy valientes. A mayor cantidad de cabezas mayor prestigio. También inventaron una cantidad de aparatos para luego esclavizarse de ellos; a tal grado, que no soportan la soledad y el silencio; llegando al extremo de autoeliminarse cuando ven que no pueden poseer lo que desean”.

–¡Pero qué cosa absurda! ¿Cómo es posible tanta estupidez? ¡Qué extraños seres! ¡Habíase visto tamaña ignorancia? –exclamó Kepler, un esteneróptix de piel plateada y cuerpo comprimido que parecía una salchicha con escamas y que se desplazaba con rapidez sorprendente.

–¡Contrólate, Kepler, que aún no he terminado! –censuró Galileo, el pececillo sabio, que semejaba una lamparita con ojos dibujados. Galileo era un pez constelación y, al igual que sus amigos, formaba parte de la misteriosa fauna abisal. Después la breve interrupción, Galileo continuó con el relato.

“…pero el juego más peligroso que idearon se llama “dinero”. Es un papel verde que acumulan; quien tenga la mayor cantidad es el más importante de todos, al cual obedecen. Este personaje recibe nombres como “rico”, “millonario”, “magnate”; hace lo que le viene en gana y los demás aplauden. A veces, varios de estos “ricos” se juntan y forman un grupo que llaman “gobierno”, que hace las leyes que ellos mismos no obedecen”

–Oye, Galileo, ese juego del dinero parece más peligroso que el de las construcciones con las palabras y los conceptos –concluyó Torricelli, un melanoceto con cuerpo de reptil.

–Estoy de acuerdo, Torricelli –afirmó Galileo–y agregó: Estos seres están obnubilados con ese invento y no tienen ojos para nada más.

–¿Qué los lleva actuar de esa manera? ¿Será que están desquiciados? –preguntó Viviani, una estomia de cintura luminosa y ojos fosforescentes.

–Locos andan casi todos –confirmó Galileo y continuó–: Actúan así porque creen que la acumulación de dinero los hará felices.

–¡Qué seres tan despistados! Luego, ¿todavía no saben que la felicidad es el contento? ¿Qué cuando uno está contento con lo que tiene, ya es feliz? –inquirió Nisargadatta, un pez constelación de ojos negros y mirada penetrante.

–No, aún no conocen el secreto. Llevan sus vidas entre el pasado y el futuro. En pocas ocasiones están en presente. No disciernen que el pasado es memoria y el futuro imaginación. Son dados a fabricar situaciones irreales; imaginan cosas y luego, ¡sufren por estos supuestos! Están llenos de miedos y temores, y han desarrollado una enfermedad que llaman “estrés”.

–¿Estrés?… ¿Qué es eso?

–El hábito de suponer cosas y luego tomarlas como reales. Algo así como preocuparse por todo a todo momento –precisó Galileo.

–¿Cómo no son felices en un mundo de luz lleno de riquezas maravillosas? ¿Por qué se complican tanto la vida? –preguntó Viviani.

–Tienen una idea extraña de la felicidad. Confunden felicidad con el poseer. Para ellos felicidad es acumulación. Apilan dinero, títulos y prestigio; almacenan objetos y archivan deseos, temores y recuerdos. Cuando mueren todo lo heredan los hijos quienes, a su vez, continúan con el proceso de acopio. Es una cadena interminable –aclaró Galileo.

Los peces alrededor de Galileo quedaron en silencio; reflexionaban sobre las palabras del pececillo sabio. Viviani, la más inquieta del grupo, aprovechó la pausa en el diálogo para charlar con Kepler.

–Oye, Kepler, ¿dónde aprendió Galileo todo eso que habla? ¿Cómo sabe tanto si no va a la escuela?

–Mira, Viviani –dijo Kepler— hay maneras más simples de aprender que ir a la escuela. La escuela es un lugar para pasarla bien y hacer amigos. Piensa en esto: ¿cuándo no existían las escuelas, cómo aprendía la gente? Los humanos Salomón y Sócrates, no asistieron a la escuela y fueron sabios.

–¿Cuál es esa forma?… ¡Dímela! –solicitó con ansia Viviani.

–Hablar con los seres inteligentes. Uno aprende rápido hablando con personas sabias que leyendo libros. Eso fue lo que hizo Galileo.

–No entiendo. ¿Quién le enseñó todo a Galileo?

–Yuri, el astronauta. ¿Acaso no sabes lo que le sucedió a Galileo?

–Por allí he escuchado alguna historia, pero nada serio. Por un momento pensé que eran habladurías, chismes de los malacosteos.

–Escucha con atención, Viviani, y te diré lo que aconteció.

La estomia de cintura luminosa y ojos fosforescentes se acercó más a su amigo para no perder palabra alguna.

–Una vez descendió hasta estas aguas un humano llamado “buzo” y tomó prisionero a Galileo metiéndolo en un tarro de vidrio. Al ver al monstruo nos asustamos pensando que era un malacosteo gigante, de los que engullen muchos peces de un solo bocado, pero cuando el humano prendió las luces, nos dimos cuenta del error. Pasaron los días y los meses y no volvimos a ver a Galileo. Llegamos a creer que, a lo mejor, había sido devorado por el humano-buzo. Pero al año, Galileo apareció. Nos alegramos mucho, pero lo notamos muy cambiado, no tanto por su estilo para nadar, como por su manera de pensar. Nos contó que allá arriba había otro mundo donde existía una luz muy brillante que provenía de una cosa llamada Sol, que era una estrella gigante pero no de mar. Nos dijo que ese mundo tenía forma de huevo de pez, que se movía alrededor del Sol, que había mares de aguas invisibles llamados “Campo Gravitatorio”, “Campo Magnético” y que por eso los humanos no podían volar. Además, nos explicó que el tiempo que había estado ausente lo había pasado en casa de un humano llamado Yuri Gagarin y que había ido con él a un tal “Espacio Sideral”, donde había visto planetas, estrellas, soles, meteoritos, cometas, lunas y galaxias.

–¡Uf!, Viviani, el día que Galileo nos contó esas historias, pensamos que estaba loco; y más cuando aseguró que nosotros vivíamos en una oscuridad de tal magnitud, que sólo era comparable con nuestro ignorancia. Desde entonces sostiene que hay que decir la verdad al precio que sea.

–Escucha, Kepler, si Galileo sigue enseñando que hay otro mundo fuera de este se va a meter en serios problemas con Torquemada.

–¡Por supuesto, Viviani, que lo hemos discutido con Galileo, pero insiste en liberarnos de esta ignorancia que no nos deja ver más allá de nuestras escamas. Dice que Torquemada, el malacosteo de boca de caverna, quiere mantener esta agnosia para poder gobernar a sus anchas.

–¡Tenemos que avisar a Galileo del peligro que corre!

–Mira, Viviani, Galileo sabe que Torquemada lo busca para ajustar cuentas. Pero aún así, no desiste en su empeño de decir la verdad.

–Torquemada no se anda con amenazas y…¡Por Neptuno que la situación se va a poner color tinta de pulpo!—predijo Viviani.

Los pececillos que asistían a las charlas de Galileo sobre la existencia del mundo de luz, hicieron un semicírculo frente a él Pero cuando fue a hablar, quedaron paralizados: ¡Torquemada y sus secuaces, los temibles malacosteos de boca de caverna, se hicieron presentes! Y con un rápido movimiento cercaron a quienes asistían a la reunión. Torquemada era temido porque arremetía contra aquel que no estuviera de acuerdo con sus absurdas ideas y, por supuesto, lo que Galileo afirmaba era diametralmente opuesto al pensamiento del malacosteo.

— ¡De modo que estás predicando que hay otro mundo fuera de estas aguas, eh! ¿Es eso cierto? –inquirió Torquemada con tono desafiante. La pregunta era una estratagema para acusar públicamente a Galileo de hereje.

Los peces miraron a Galileo con gestos de súplica para que no respondiera, ya que eso era lo que pretendía el despiadado malacosteo. Viviani también miró a Galileo y le hizo guiños para que se quedara callado, pero Galileo había prometido de decir la verdad al precio que fuera, así que sin más preámbulos, dijo:

–Sí, es cierto. A diferencia de este mundo de oscuridad total el de los humanos es un mundo de luz. Lo que sucede con ustedes es que como siempre han vivido aquí, sólo creen que es el único mundo que hay.

–¿Cómo saber que lo que dices es cierto? ¿No podría ser que lo hayas soñado? –desafió el de la temible boca.

–No se trata de un sueño, puesto que no era el único que estuvo allá en el mundo de la luz, éramos varios en el acuario de Yuri, el astronauta. Él siempre estaba con nosotros y nos llevaba a todas partes, explicándonos cómo era el universo –se defendió Galileo.

–Si lo que dices es cierto, ¿dónde están tus compañeros de aventuras?¡Quiénes son ellos? ¿Estomias? ¿Melanocetos? ¿Malacosteos?

–No, Torquemada. Mis compañeros de viaje eran peces de otros lugares. Sucede que tu ignorancia no te deja ver más allá de estas aguas. Entérate de una vez por todas: este mar es un charquito que hace parte de algo muy grande llamado océano. Y éste, a su vez, está contenido en otra cosa más grande llamada planeta. Los planetas son granitos de tierra y agua diseminados por el espacio sideral y el espacio sideral es un átomo de una dimensión mucho más portentosa llamada…

–¡Cállate!… ¡Cállate!… que nos vas a enloquecer con esas idioteces que dices, producto de tu imaginación enfermiza. ¡Ahora escucha bien!: No existe más mundo que este en que hemos nacido y en el que vivimos, los demás son producto de tu desquiciamiento, y como no queremos que sigas enseñando esas estúpidas ideas a nuestros hijos, nosotros, el sagrado tribunal de los malacosteos de boca de caverna, decidimos desterrarte de estas aguas para que te largues a tu mundo de luz. Tienes una hora para que recojas tus pertenencias y desaparezcas de nuestra vista; de lo contrario, si te volvemos a ver predicando… ¡te devoraremos vivo! Y con tus espinas nos limpiaremos los dientes. ¿Entendido?

Al escuchar la terrible sentencia, los pececillos presentes salieron disparados en diferentes direcciones, convirtiéndose, en la oscuridad, en meros puntitos de luz fosforescente. Torquemada y sus secuaces llevaron a Galileo hasta la caverna donde vivía. Galileo sacó sus pertenencias y nadó, escoltado por el sanguinario tribunal de malacosteos de boca de caverna, hasta los límites de la fauna abisal. Allí los feroces animales lo echaron a empellones. Galileo, sin mirar hacia atrás, zigzagueó sin rumbo fijo.

Ese día por la noche pernoctó entre unos corales rojos. Hacía esto para que los peces grandes no se lo comieran mientras dormía. A la mañana siguiente, se puso muy contento al ver que un rayo de luz amarillo, como mariposa juguetona, se movía por las aguas de la superficie. De pronto sucedió algo inesperado: el rayito de luz se recogió sobre sí mismo y tomó la forma de una estomia que se desplazó a gran velocidad. El corazón de Galileo latió acelerado cuando la aparición se detuvo frente a él.

–¡Pescadilla la Amarilla!…—exclamó lleno de asombro –¿Eres tú? ¡Esto sí que es increíble!

–¿Galileo?… ¿Eres Galileo? –indagó ella también conmocionada.

¡Ah!, la magia del destino…Ambos pececillos quedaron atónitos por el inesperado encuentro; la última vez que habían hablado lo hicieron en la pecera de Yuri, antes de que la nave espacial cayera estrepitosamente en el mar y fuera rescatada por los helicópteros. En ese accidente los animales pudieron ser rescatados a salvo, excepto los peces que volvieron al mar.

Pescadilla la Amarilla y Galileo, tomados de la mano, quiero decir de las aletas, nadaron recordando los días felices que habían pasado junto al astronauta, allá en el océano de estrellas titilantes, de espirales de luces de colores, de misterios recónditos, donde el aliento de Dios se mueve por el cosmos como vida palpitante.

FIN

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(((Cuento tomado del libro de Lobito: ECOCUENTOS)))

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