BURROCuento No. 17. —EL BURRO Y EL CAMPESINO. Una vez iba un campesino por el bosque con un burro cuando… ¡zápate!, el animal cayó en un hueco como de diez metros de profundidad. El campesino no tenía conque sacarlo de allí, y además estaba solo en ese lugar. El burro desde el hueco rebuznaba para que lo sacaran. Afortunadamente no se había herido. El hombre se paró al pie del hoyo y miraba al burro con pesar. Se sentó en el suelo y se puso a pensar que hacer para salvar al burro. Entonces, la mente que es loca y muy mala consejera, le dijo: “Mira, ese burro ya está viejo, sin fuerzas y no demora en morir, lo mejor es que lo entierres de una vez. Ya está en el hoyo y sólo tienes que echarle tierra. Luego te comprar un burro joven y fuerte.”

Al labriego le pareció razonable lo que su mente le decía y decidió seguir el malévolo consejo. Fue así que hizo una pala con unos maderos que encontró y se dio a echarla tierra al pobre animal. Le lanzó la primera palada de tierra sobre la espalda del bruto, pero el burro se sacudió la tierra, como lo hacen los perros para secarse cuando están mojados. El campesino echó la segunda palada y el burro volvió y se sacudió. De esta manera el hombre tiraba palada tras palada y el animal se las sacudía. Así la tierra fue subiendo y el burro se paraba sobre ella. Para sorpresa del labrador el burro salió del hoyo rebuznando de la alegría y fue a lamer la mano de su dueño pensando que lo de la tierra había sido una táctica para sacarlo del hueco.

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LOBITO. ¿Este cuento les deja alguna enseñanza o guía para el día a día?

Estudiante. Cheverísimo el cuento. Me llama la atención lo de la mente, que le dice a uno cosas y uno de bobo se las cree. La mente es muy mala consejera.

Estudiante. Me pareció increíble lo que hizo el burro al no dejarse enterrar. Pienso que uno debe hacer lo mismo con los problemas… ¡sacudírselos! Y no dejarse enterrar de ellos. (Aplausos de la clase)

Estudiante. Otro aspecto del cuento es la interpretación que el burro hace de la acción del dueño, pues él piensa que lo querían salvar. A veces uno es así de ingenuo al creer en la buena intención del otro cuando en realidad le quieren hacer daño. Ahora comprendo el refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”. (Aplausos )