¡PAPI, NO ME DEJÉ TUMBAR!..

uraniaHace un tiempo Iba con mi pequeña hija Urania, de 7 años, en un bus por la autopista norte de Bogotá. Urania, de pie, estaba agarrada fuertemente, con ambas manos, al tubo pasamano, yo a su lado, también de pie, comentábamos sobre la clase de ballet que había tenido en la Academia Ana Paulova, cuando inesperadamente…!tras!… el bus frenó en seco y ¡zas!.., los pasajeros que íbamos de pie salimos disparados contra la registradora en la entrada del bus. Alguien cayó sobre el chofer insultándolo con frases como: “¡En que rifa te ganaste el pase!”, “¡Aprendé a manejar cerdo!”…, yo me puse de pie y Urania, mirándome con ojos negros brillantes y muerta de risa exclamaba:

–!Papi!,¡Papi!..!No me dejé tumbar!…!Papi, no me dejé tumbar!…

Mientras Urania, eufórica repetía la frase, desternillada de risa, al fondo del bus un pasajero insultaba al chofer desafiándolo a pelear. Al momento pensé en la intolerancia y la estupidez humana al querer solucionar una situación incómoda, un evento inesperado, por medio de la ofensa soez y el enfrentamiento a golpes.

Años después, Urania, con 13 años de edad, viajaría a Burdeos, Francia, para iniciar los estudios de ballet y como no había dinero para mandarle una mensualidad, Urania tuvo que pasar por momentos económicos difíciles y vivir situaciones estresantes por su calidad de colombiana en el extranjero, las cuales enfrentó, durante años y superó aferrada a esa experiencia en el bus: ¡Papi, no me dejé tumbar!

Para mí el “¡Papi, no me dejé tumbar!”, de mi hija Urania, se me metió en la cabeza como un eco de metal y cada vez que me ha tocado pasar por situaciones económicas difíciles, enfrentar serios problemas de salud (cáncer), desempleo y todas las angustias propias del vivir humano, me digo a mi mismo:

 “Hago de una situación difícil un mar de problemas o la enfrento, desternillado de risa, agarrado al pasamano de la confianza en sí mismo y la fe en Dios… ¡para no dejarme tumbar!”

Al paso de los años, desde esa indeleble experiencia en un bus de Bogotá con mi pequeña hija amante del ballet, he envejecido enfrentado los eventos del destino con el grito de guerra de Urania:

¡Papi, No me dejé tumbar!